Así fue trabajar con un Premio Nacional de Periodismo

Cinco históricos periodistas relatan sus experiencias junto al Gato Gamboa.

Alberto ‘Gato’ Gamboa no necesitó al Premio, ganado la semana pasada, para hacerse famoso. Todos coinciden que es un personaje conocido desde antes de dirigir el Clarín, uno de los periódicos más famosos en la historia de Chile, y que su trayectoria sólo sirvió para agrandar su mito. Los cercanos hablan de un hombre humano, de una creatividad sin comparación, que a pesar de su sencillez es de una profundidad inigualable.

Cinco ex compañeros se atrevieron a contar su experiencia junto a Gamboa, que de una u otra forma marcó sus propias carreras. A continuación, sus relatos.

 

Jorge Escalante, Fortín Mapocho

Yo llegué al Fortín Mapocho poquito después de la venida del Papa, en abril del 87. Entré como periodista encargado de internacional, después pasé a crónica. El Gato Gamboa llegó en el 88. Él ya era director para el plebiscito.

No lo conocía personalmente, pero sabía quién era, por su trayectoria. El Gato siempre ha sido un personaje.Un tipo de un lenguaje muy directo, nunca se enrollaba con cosas sofisticadas. Iba al grano. No se enredaba en cuentos.

Cuando trabajé con él tenía un humor bien especial. Saliendo un día del Fortín en la noche, en Agustinas, íbamos pelando a un periodista del diario, no recuerdo quién era. Iba el Gato, el subdirector y yo. Eran como las 10 de la noche. “Oye, ese hueón no da ni un cinco para la casa y llega pidiendo pan con mantequilla”, nos dijo. Nos matamos de la risa.

Como jefe era un tipo muy humano. Si dejabas alguna cagá te lo decía con cariño. Sabías que si metías las patas te podía entender. Te decía “ya, no importa mijito”- porque ese era el término que usaba el Gato- cuéntate la historia así mejor”. O decía “ya po hueón, se te olvidó esto, llámate por teléfono a este otro hueón”. Ese era el lenguaje. Un tipo muy directo, muy llano. Con él podías ir a almorzar, sin problemas.

Cuando supimos que el Gato iba a ser director del medio, todos estábamos súper contentos. El Fortín con él iba a ser más aguerrido todavía. Además aportaría ese humor punzante e irónico. El Gato te ayudaba a armar las crónicas. “Mijito, ándate por acá, para que podamos titular así el texto. Tírale pimienta, métele chuchoca. Entraste a la oficina y había olor a qué”, preguntaba.

El Fortín nació con chispa, pero el Gato le puso mucha más. Los más famosos eran sus titulares de portada. El “corrió solo y llegó segundo” cuando Pinochet perdió el plebiscito, por ejemplo. Las portadas se le ocurrían a él. El Gato iba por los escritorios preguntando opiniones a los de más confianza. Mira, quiero titular por este lado, qué pensai. En general, el Gato era el autor 100% de los titulares.

¿Cómo era vivir la dictadura desde el Fortín? Un orgullo. Cuando el Fortín hizo su marcha blanca, en febrero o marzo del 87, sacó un ejemplar, pero no estaba en los quioscos. Yo lo leí en la micro, y lo hice para que la gente me mirara con el diario, porque ahí salían ataques a Pinochet y a la dictadura. Éramos la prensa opositora. Y la gente, media callada, se atrevía a preguntar cuándo iba a salir ese diario. Nos sentíamos aportando a botar el Régimen.

El Gato siempre le daba el mismo discurso a los periodistas: “Mira mijito, lo peor que le puede pasar a un periodista es que lo desmientan. Con esa hueá lo único que querrás es hundirte, desaparecer. Si bien es cierto que somos picantes, le ponemos pimienta, no nos pueden desmentir”.

 

 

Licia Ballerino, Círculo de Periodistas

Entré a trabajar a La Nación en el año 1946, cuando tenía 19 años. Era una mujer entre 19 hombres. En aquel entonces el Gato Gamboa trabajaba en otro diario. Era reportero policial.

Mi marido, Carlos Sepúlveda, era muy amigo del Gato, porque fue presidente del Círculo de Periodistas durante 15 años. Ahí nos relacionamos harto. Es un hombre encantador, muy buen mozo hasta el día de hoy. De una viveza intelectual increíble. Siempre fue igual: alegre, valiente, buen compañero.

Yo era del periodismo serio, él del festivo. Las notas policiales las transformaba en artículos para hacer reír. La llamaban la prensa amarilla. El Gato es un ejemplo dentro de la crónica alegre, festiva, pese a ser policial.

 

Alejandro Arellado, El Clarín

Hay momentos en que la emoción acumulada por demasiado tiempo desnaturaliza las lágrimas para permitir –hasta con puchero- un lagrimón de alegría: el momento en que se anunció que había ganado el NO en aquel plebiscito, por ejemplo. O ahora, para no alargarme con los ejemplos, cuando supimos que el Gato Gamboa había ganado el Premio Nacional de Periodismo. Es que se lo merecía desde hace tanto. Es que se lo habían negado tan injustamente.

Lo lindo fue saber, además, que el Premio despertó la alegría sincera –emocionada o no, pero sincera- de la inmensa mayoría de colegas periodistas. Y de todo Chile que conoce o ha escuchado hablar del Gato Gamboa. Su Premio fue como un acto de reparación. Él ejerció el periodismo íntimamente conectado con eso que llamamos chilenidad, con un fuerte sentido del lugar y el habla de la gente, con sus modos y sus necesidades. Tanto entre las libertades de un Chile esperanzado como, después, entre las peligrosas e intimidantes amenazas de la dictadura.

Yo comencé en ese tipo de periodismo cuando, aún estudiante, el Gato me abrió las puertas de Clarín, como ayudante del ayudante de deportes. Años más tarde, el mismo Gato Gamboa me ofreció convertirme en el subdirector de ese diario. Sólo lo cuento para que se entienda mejor lo que es y lo que hay detrás de “un lagrimón” de alegría -con puchero incluido y todo- .

 

Hugo Donoso, La Gazzetta

En  1958 trabajamos en la Gazzetta, de mayo a septiembre, que era del dueño del Clarín. salía en las tardes, tal como hoy lo hace La Segunda. Tenía un equipo de periodistas. El Gato era el jefe de información, el que finalmente mandaba todo.

Siempre fue muy cordial, de muy buen trato. Yo era un reportero gráfico muy joven, muy trabajador y cumplidor, así que querían todos salir conmigo. A mi jefe le daba envidia. Un día me acusaron de que gastaba más material del debido en mi trabajo. Yo fui a hablar con Gato para explicarle mi situación. Después el Gato llamó a mi jefe, lo subió y lo bajó y le dijo “mira, el cabro de aquí en adelante va a estar a cargo mío”. Nunca más tuve problemas.

Después de eso llegué a la revista Ercilla y duré 32 años.

 

José Luis Córdova, La Cuarta 

En la época de Clarín el Gato era una personalidad. Yo era estudiante de periodismo y con mis compañeros lo admirábamos. Con los años tuve la oportunidad de trabajar con él en La Cuarta.

Los dueños de Copesa querían hacer un diario popular. No podían recurrir a otra gente que no sea la que trabajó en El Clarín, que era el diario más popular que ha habido en la historia de Chile. Pero era época de dictadura, a finales de los 80. Entonces no podían nombrar al Gato como director porque era de oposición. La fórmula fue bajarle el perfil. Lo pusieron de subdirector. Pero el diseño y la idea del medio es del Gato. De director nombraron a Diozel Pérez, que lo fue por un largo periodo. La Cuarta se fundó el 84.

Estuve los 17 años de dictadura afuera de Chile. Llegué a La Cuarta a principio de los 90, como periodista de Espectáculos. Con el Gato nos conocíamos. En mis primeros días de trabajo nos actualizamos de lo que había pasado. Intercambiamos experiencia y nos fuimos haciendo amigos.

Todo los que trabajábamos ahí sabíamos que el alma del diario era el Gato Gamboa.  Era más importante que el director de alguna manera. En La Cuarta se hacía una reunión en la tarde, y cada director de sección proponía sus mejores temas. Finalmente el Gato decidía cuál iba en portada  e inventaba el titular. Incluso el director le preguntaba “qué te parece, Gato”, y si él decía que sí era titular fijo.  Si decía que no, había una reunión más a fondo.

El Gato se movía entorno a las grandes decisiones. Era como un oráculo. Los periodistas a los que le tocaban temas importantes acudían a él para que los orientara por dónde iba el artículo. Recorría las distintas divisiones preguntando cómo iban con el tema.

Pero nunca asumió la dirección porque estaba Pinochet. Empezaron los gobiernos de la Concertación y no pasó nada con el Gato. Todo el mundo estaba esperando que uno de los gestos debía ser nombrarlo director. Y no ocurrió. A mí no me gustaba la idea que siguiera Diozel, que era un hombre proclive a la dictadura. Finalmente se fue a La Nación. Se sintió más libre ahí para influir.

Es de frases cortas pero sabias. Irónico. Tiene un gran sentido del humor que lo plasma en lo que escribe. Hay que fijarse en lo que dice el Gato, porque sus frases son para el bronce o para reírse, pero siempre interesantes. Parece muy sencillo, pero es de una profundidad inmensa. Tiene claro su papel en el mundo: él nació para ser periodista.

 

Fotografía: Alejandro olivares

 

 

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