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En debate por aborto, por cualquier motivo ¡no! somos humanas…

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Por Lidia Baltra.

“Quiero reafirmar – por si alguien aún no lo sabe – que las mujeres somos muy sensibles al don que nos dio el Creador – para las cristianas, la Naturaleza para las laicas – de poder engendrar vida dentro de nuestros cuerpos. Lo alabamos, amamos y estamos muy reconocidas por él.

Se nos dio tal vez porque somos más inclinadas a los afectos y centro en la formación y mantención de una familia. O tal vez porque valoramos más la vida que el hombre, quien desde tiempos remotos ha montado guerras que matan miles de vidas por un pedazo de tierra o de poder terrenal”.

Quiero terciar en el debate sobre el proyecto de ley de aborto en caso de que ocurran tres causales (peligro de vida para la madre, inviabilidad del feto y violación) que por estos días se debate en el Congreso Nacional y que con la buena acogida que allí obtenga, lo devolvería a nuestra sociedad después de casi tres décadas congelado.

 En primer lugar quiero reafirmar – por si alguien aún no lo sabe – que las mujeres somos muy sensibles al don que nos dio el Creador – para las cristianas, la Naturaleza para las laicas – de poder engendrar vida dentro de nuestros cuerpos. Lo alabamos, amamos y estamos muy reconocidas por él. Se nos dio tal vez porque somos más inclinadas a los afectos y centro en la formación y mantención de una familia. O tal vez porque valoramos más la vida que el hombre, quien desde tiempos remotos ha montado guerras que matan miles de vidas por un pedazo de tierra o de poder terrenal.

Valoramos infinitamente este don, sobre todo cuando quedamos embarazadas por primera vez. Un verdadero milagro. Son muy pocas, escasísimas (aunque también las hay y hay que respetarlo), las mujeres que carecen de instinto maternal o a quienes biológicamente les fue impedido ejercerlo. Y muchas las que en algún momento, con temor deben informar a su hombre que están gestando su hijo, por temor a que él lo rechace y las obligue a deshacerse de él.

 Como personas, la humanidad es nuestro quehacer. Y una humanidad formada con seres gestados y recibidos en el mundo con amor, es una humanidad mejor. Una que se ocupará de que todos disfruten en igual medida los bienes que la tierra nos puede dar.

El hombre siempre trató de olvidar que Eva nació de su costilla para ser su igual, no su esclava. Cuando en tiempos remotos de la Prehistoria existía la poligamia y el sexo  se desarrollaba libremente entre las tribus, las mujeres engendraban hijos y sólo ellas podían saber quién era el padre de ese  hijo. Imperaba el derecho materno. Fue entonces que el hombre acabó con ese derecho e impuso la monogamia. Así él sabría a ciencia cierta quién era su heredero. Por cierto, él no respetó esa monogamia y se permitió durante siglos tener tantas mujeres como pudiera mantener, lo que persiste hasta hoy en algunas culturas. Comenzaba el patriarcado.

Pasado el tiempo, en ese nuevo orden creado, a través de los sacerdotes dispuso que la mujer tenía que tener los hijos que Dios le enviaba, todos los que fueran, aunque tuviera problemas físicos o sociales durante o después de la gestación. Y así, los administradores del cristianismo dictaminaron que ni en casos difíciles como peligro de vida o muerte (o más tarde, cuando se pudo conocer si feto venía mal), la madre podía dejar de recibirlo. Invocaban el Mandamiento de “no matarás”, aunque ella muriera. Sin importar que ella quisiera seguir viviendo y así poder engendrar otros hijos en mejores condiciones a futuro. Aunque haya una gran diferencia entre un feto y una persona, como es la madre. Persona para mí es aquel ser consciente de su yo, de sus deberes y derechos y de su dignidad. Pero esta es una larga discusión que sigue pendiente.

 Y entonces la humanidad siguió avanzando y estableció como norma internacional de convivencia y respeto los Derechos Humanos. Y ¡oh sorpresa!… Tras largas luchas por ser consideradas personas, igual que el varón, las mujeres logramos que se nos reconocieran los derechos sexuales y reproductivos. Que, entre otras cosas, establece que no se nos puede violar impunemente en las guerras, ni en las calles, ni al interior de los hogares, conventos o iglesias, por desconocidos o conocidos sin control de su apetito sexual. Ni menos obligarnos a tener al hijo producto de esa agresión.

Ahora sólo falta que la legislación del país en que vivimos nos reconozca este derecho; también  cuando se está gestando un feto mal conformado o cuando ese embarazo ponga en peligro nuestra vida. Por ser humanas, no vamos a desechar un hijo por cualquier motivo.

Más aún, esa legislación que hoy se debate en el Congreso Nacional, no obliga a nadie a deshacerse de él. Sólo dará a la mujer la opción de hacerlo – y no únicamente a su obstetra – y vivir, para más adelante poder gestar en buenas condiciones otros hijos, cuando la salud los acompañe a ambos.

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