Medios de Comunicación, poder político y alienación

Columna de opinión escrita por la periodista Yani Aguilar Paulsen.

 

Yani Aguilar Paulsen. Periodista. 

La reflexión acerca del rol que juegan los medios de comunicación de masas MCM junto al Poder, lleva invariablemente al concepto de la libertad de la información, como derecho social, un derecho humano al fin y al cabo. Armand Mattelart ya sintetizó el asunto: “El problema es que progresivamente bajo el capitalismo lo que se ha dado es que, finalmente, la libertad de comunicación es una libertad de propiedad de los medios de comunicación”.

Y esa es la radiografía del mercado de medios en Chile. Una industria de la información altamente concentrado, de carácter duopólico en el caso de la prensa escrita, sustentada y promovida por financiamiento de capitales privados.  Capitales de propiedad mayoritaria de empresarios chilenos, quienes conforman grupos económicos entrelazados unos con otros, y que operan en sinergias de escala con agencias avisadoras de publicidad contratadas por las empresas para vender sus productos a los consumidores. Así lo comprueban las bases documentales de la Premio Nacional de Periodismo 2009, María Olivia Mönckeberg, que develan quiénes son los dueños de los medios de comunicación en Chile y cuáles son sus estrechos vínculos con grupos económicos y políticos. Por tanto, no es un supuesto paranoide, sino un hecho cierto de que existe un tinglado ideológico-financiero detrás de los medios de comunicación.

El mercado de la información, que tranza cifras del orden de los mil millones de dólares anuales (Achap 2016), considerando sólo los ingresos por concepto de inversión publicitaria, genera una de las inequidades mayúsculas de nuestra sociedad y que curiosamente no está en el largo listado de desigualdades de nuestro país. Quizás, porque no se ha conformado desde las audiencias un frente de demanda social para ejercer el derecho a la libertad de información. Hoy ese derecho solo lo gozan los dueños de la industria.

El hecho grave de la concentración de la propiedad de los medios es que bloquea el principio del pluralismo de una sociedad democrática. Una sociedad pluralista es aquella que asegura a todos sus ciudadanos sin distingo, el derecho a la información, tanto para emitirla como para recibirla. Para el sociólogo y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2007, Manuel Antonio Garretón, el pluralismo es un componente esencial de la verdadera democracia deliberativa. Incluso más, para la filósofa Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanidades 2011, Carla Cordua, el pluralismo es un desafío cultural complejo que reporta capital social: “El pluralismo importa porque la gente debe encontrarse para generar comunidad”.

Es decir, en tanto la concentración de los medios de comunicación siga desregulada, será un flagrante atentado a nuestra democracia participativa y deliberativa.

Modeladores de opinión

La consecuencia de este estado de cosas es que dada la masividad que tienen los MCM, que por demás son fuente principal de entretenimiento y de información acerca de lo que está pasando, éstos llegan a ser verdaderos modeladores de opinión de las audiencias, hegemonizando las temáticas de interés para la ciudadanía. La persona común, en su vida cotidiana que no tiene acceso a los intríngulis del poder o de acontecimientos que pueden afectar sus vidas, dependen de los análisis y visiones que difuminan otros a través de los distintos medios existentes. En los inicios de la década de los ’60, Bernard Cohen nos hizo ver que la prensa, válido también para otros tipos de medios, es mucho más que una fuente de información y opiniones, porque puede decirle a los lectores “acerca de qué pensar”. Los editores de medios, que responden a las peticiones de los propietarios de medios, que a su vez comparten los intereses de los avisadores, que a su vez resguardan las utilidades empresariales, están determinando buena parte de los asuntos sobre los qué pensar y opinar.

Experimentos que realizaron investigadores norteamericanos Iyengar y Kinder, a fines de los años ’70, sobre la influencia de las noticias de la televisión en los temas de interés político, establecieron un correlato suficiente para señalar que al dedicar atención a algunos temas, ignorando otros, las noticias televisadas modelan las prioridades políticas del público.

En nuestro país, los estudios que realiza periódicamente el Consejo Nacional de Televisión CNTV, reflejan que para el caso de la televisión, que es el medio más importante para la gente, la propia audiencia considera y entiende que ésta sí influye en la opinión de las personas. En particular en las coberturas de catástrofes, en la política, la economía, en la opinión sobre el empresariado, la participación electoral y el desempeño del Gobierno. (CNTV, encuesta 2015).

Ahora bien, esto es así especialmente para aquellos acontecimientos de los que el ciudadano y ciudadana no tiene conocimiento o experiencia directa. Por el contrario, cuando existe mayor proximidad a los hechos se dispone de fuentes alternativas. Para el caso, resulta llamativo que en las distintas regiones de Chile el consumo de medios es más bien regionalista, porque se prefieren los medios locales que informan asuntos de interés más cercanos a su realidad.

Pautas noticiosas

Pese a las diferencias y preferencias del público por la televisión abierta, principal medio para informarse, con 85% (de las noticias de Chile), seguido de la radio, con 29% y las redes sociales, con 26%; no deja de sorprender que las pautas noticiosas de los medios nacionales exhiban homogeneidad informativa, cuya construcción no pocas veces están editorializadas por los diarios de papel, que como fuente de información representan apenas el 15%, y 9% en sus versiones en Internet. Es decir, la prensa escrita es de las menos consumidas por las audiencias, sin embargo, la agenda temática por ellos definida es determinante para la creación de opinión pública.

En las valoraciones que recoge el observatorio del CNTV, si bien los telespectadores tiene la sospecha de que “ciertas noticias no se dan a conocer” (70%), o que “se cargan hacia un lado de la política” (61%), también reconocen que les “ayudan a entender por qué suceden las cosas” (52%) o que la información, aunque superficial, es “confiable sobre las cosas que afectan a sus vidas” (51%).

Lo extraordinario es que las audiencias pese a saber que “los propietarios de los canales y los auspiciadores son quienes más influyen en la televisión” (65%), no obstante, no pueden sustraerse de su influjo ni tampoco como ciudadanos apropiarse de los procesos comunicativos a través de redes más fuertes. Para Mattelart, este comportamiento alienado responde a una mentalidad mediática, condicionada por el mercado que ha naturalizado en las audiencias conductas de meros consumidores.

¿Qué podría contraponerse a esta incapacidad de los medios de representar a todos los sectores de la sociedad, que por causa de su estructura de propiedad pierden representatividad? Le cabe a la sociedad civil romper el círculo de seducción que lo atrapa como cliente y le deja bajo el yugo de la dominación cultural, condicionando su ciudadanización. Le asiste, a decir de García Canclini, tomar un papel protagónico de reconstrucción de la esfera pública. Y al Estado, la tarea de regulación necesaria, que aperture el derecho de la ciudadanía de observar y debatir el funcionamiento de los medios. A partir de allí, contribuir con sus propias selecciones y definiciones de los contenidos que le permitan recrear su identidad ciudadana hoy ausente, y por lo mismo ingravitante.

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