Mujeres en las comunicaciones: aliarse contra el patriarcado

Columna de opinión escrita por Rocío Alorda Zelada, socia del Círculo de Periodistas.

Las mujeres en las comunicaciones debemos ser capaces de generar alianzas múltiples, en determinados momentos; alianzas laborales, sindicales, coyunturales, por proyectos políticos, para apoyar la vida privada. Esas alianzas también tienen límites y si un vínculo entre nosotras se ha transformado en un motivo de dolor, es un vínculo necesario de repensar e incluso finalizar.

 

Por Rocío Alorda Zelada (periodista y feminista. Secretaria General del Colegio de Periodista y socia del Círculo. Integrante de la Comisión de Género. Parte de la Marcha Mundial de las Mujeres- Chile)

En un ámbito tan competitivo como “las comunicaciones”, donde el ejercicio está marcado por la inmediatez, la autoexigencia, el trabajo individual y el mercado, es complejo abordar el tema de las alianzas entre mujeres que se desempeñan en esa área. En frío, pareciera que un tema como ese no tuviera cabida en el ámbito profesional, ya que en el mundo del trabajo no es un imperativo el desarrollo de vínculos solidarios. Al contrario, parece ser que mientras más desvinculadas estemos las trabajadoras, más competitivas seremos para el empleador.

Hablar de prácticas solidarias entre mujeres comunicadoras nos lleva a un campo político, el del feminismo, que permite revisar cómo se han construido los roles de género en el mundo de las comunicaciones. En nuestro rubro es innegable el poder que tienen los medios de comunicación al momento de impulsar valores, prejuicios y discriminaciones de género. Incluso, en su calidad de socializadores del género, muchas veces reproducen discursos sexistas y violentos. En los últimos años se han impulsado diversas estrategias que buscan crear conciencia sobre la responsabilidad que tienen los medios en la construcción de las representaciones de género en la sociedad. Tal ha sido la necesidad de incidir respecto a lo que los medios de comunicación transmiten en Chile, que el Colegio de Periodistas hace un par años tiene en funcionamiento una Comisión de Género que nace por el interés de distintas periodistas que venían denunciando una compleja situación: los medios de comunicación en Chile y periodistas no demostraban interés por cambiar prácticas sexistas en la elaboración de las noticias, lo que generaba una agenda noticiosa plagada de violencia simbólica y sexismo.

 

Un mal estructural: la concentración de los medios de comunicación

¿Por qué ha costado tanto permear las líneas editoriales de los medios en temas cómo derechos humanos, género y diversidad? Desde el Colegio de Periodistas creemos que la concentración de propiedad mediática en Chile es tan alta, que las agendas informativas suelen ser las mismas porque la línea editorial de los medios es principalmente conservadora y representa la visión de las elites nacionales. Desde la recuperación democrática, el sistema medial ha funcionado bajo las condiciones del mercado y la sociedad civil como el Estado han tenido una escasa participación en él. Es el mercado, a través de grandes conglomerados de medios y de telecomunicación, el que regula la producción y consumo de contenidos informativos y culturales que circulan masivamente. El resultado: una alta concentración en la propiedad que alcanza índices de hasta un 80% y 90%, los más altos de América Latina.

Precariedad laboral de las mujeres en las comunicaciones

Una de las complejidades que genera este panorama medial, es que el sexismo se reproduce a su vez en las condiciones laborales que viven las trabajadoras de los medios de comunicaciones, quienes deben enfrentar brechas salariales (que en Chile es de un 31,7%), extensas horas de trabajo bajo el supuesto de que “las noticias no tienen horarios”, la aplicación del artículo 22 del Código del Trabajo y la precarización contractual, entre otros temas. Si bien las carreras de Periodismo y Publicidad son altamente feminizadas, la realidad indica que el “techo de cristal” se hace presente en los medios de comunicación, ya que son pocas las mujeres que llegan a cargos editoriales o directivos en sus medios. De ahí la necesidad de que existan espacios de organización de las trabajadoras de las comunicaciones para hacer frente de manera colectiva a las precarizaciones laborales que las mujeres enfrentan en el periodismo y las comunicaciones. Frente a este panorama común de las mujeres ¿por qué aún existen prejuicios que rondan nuestro quehacer y acciones divisorias que se sustentan en mitos patriarcales (“las mujeres son envidiosas”, “no pueden trabajar en equipo”, “son conflictivas”)?

¿Sororidad en un mundo neoliberal?

Cuando en los años 60, la feminista estadounidense recientemente fallecida, Kate Millett, instauró el término “sisterhood” o “hermandad”, lo hizo para nombrar la unión de todas las mujeres. Sin embargo, sabemos que el patriarcado oprime a las mujeres de manera distinta dependiendo de nuestra clase, raza y género. La antropóloga mexicana, Marcela Lagarde, recuperó la idea generada por Millet a través del concepto de “sororidad”, en una redefinición con una mirada más cercana a los feminismos comunitarios de América Latina y que se refiere a la “amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer a otros”.

Es difícil llevar al plano de lo concreto este pacto entre mujeres sugerido por Lagarde, porque no todas las mujeres somos iguales sino que por el contrario, venimos de lugares y experiencias distintas. Además, somos resultados de complejos procesos de socialización, donde el patriarcado también ha actuado, aportando en la construcción de prejuicios entre mujeres. Sin embargo, a lo largo de nuestro desarrollo social, intelectual y emocional podemos ir desarrollando algo así como una “conciencia de género” que permite entender cómo la cultura patriarcal se ha instalado en nuestras vida, cómo ha generado las desigualdades y la violencia hacia las mujeres.

Formarnos en “conciencia de género” o “feminismo” nos permite entender por qué nuestra sociedad funciona de ésta manera: comprender que la división sexual del trabajo sigue intacta y que somos las mujeres quienes seguimos sosteniendo la mayor parte del trabajo reproductivo o doméstico. Porque en los sectores populares y profesionales son las mujeres quienes desarrollan la doble jornada laboral – una asalariada y otra en el hogar- y en las clases altas son mujeres las que cuidan, limpian y resguardan la vida privada de las familias adineradas (trabajadoras de casas particulares, niñeras, educadoras). Marcela Lagarte en su texto “Pacto entre mujeres, la sororidad” invita a pensar sobre las alianzas que deben hacer las mujeres, como una estrategia política para enfrentar las desigualdades de género, reconociendo que la cultura tradicional femenina no ha fomentado el reconocimiento de las habilidades entre las mujeres ni ha motivado la creación de alianzas. Por el contrario, la norma patriarcal ha situado a las mujeres en espacios solitarios como el hogar, la maternidad, el espacio doméstico, aislada muchas veces de sus pares y casi imposibilitadas de salir al espacio público.

En nuestros tiempos en donde las mujeres nos movemos entre el espacio laboral y el hogar, la disponibilidad de tiempo para interactuar con otras se hace casi nula o bien significa ocupar el poco tiempo de descanso u ocio que las mujeres tenemos. Por eso, la posibilidad de identificarnos con otras, de reconocernos y de generar alianzas entre nosotras significa romper esa prohibición patriarcal que por tantos siglos nos ha rondado. Es evidente que las relaciones entre mujeres son complejas ya que están cruzadas por jerarquías y clases sociales, “de ahí surge la conciencia de la necesidad de la unidad de las mujeres para tener mayor poder de incidencia y por otra parte la necesidad de desmontar la confrontación misógina entre nosotras que nos distancia y debilita como género y devalúa a cada una. ¿Cómo convocar a la solidaridad con nuestro género si no somos solidarias entre nosotras?” señala Amelia Valcárcel.

Esa dimensión política que busca la confluencia y la sintonía entre las mujeres, se llama sororidad- que para Lagarde es “una alianza entre mujeres para cambiar la vida y que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial, política, subjetividad, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer”. No se trata de crear vínculos emocionales obligatorios solo por el hecho de ser mujeres, ya que es claro que las mujeres debemos compartir luchas, pero no necesariamente afectos. Se trata de ser capaces de generar en ciertos momentos alianzas múltiples: laborales, sindicales, coyunturales, por proyectos políticos, para apoyar la vida privada. No obstante, las alianzas también tienen límites, y si un vínculo entre nosotras se ha transformado en un motivo de dolor, es un vínculo necesario de repensar e incluso finalizar.

Ser mujeres comunicadoras, con conciencia de género o feministas, nos trae devuelta una responsabilidad que es reproducir esta experiencia también en lo que hacemos profesionalmente. En ese sentido, la comunicación con enfoque de género supone añadir una nueva categoría al análisis de la realidad en la construcción del discurso o la imagen comunicativa y alterar así de alguna manera el machismo en que se sostienen muchas de las labores comunicacionales en las cuales nos desempeñamos laboralmente. No hablamos de crear una sección específica para tratar información para las mujeres, ni de construir un discurso aislado, sino de entender el género como categoría de análisis transversal en todo el proceso comunicativo: que toda la información, todos los temas, sean tratados bajo la perspectiva de género. Consiste en tomar en cuenta a la hora de construir y determinar contenidos que la realidad está construida bajo premisas genéricas. En posicionar temas de “género” que afectan a toda la sociedad para que estos dejen de ser “asuntos de mujeres”. En tanto mujeres trabajadoras de las comunicaciones, nuestro papel implica promover formas de comunicación que no sólo cuestionen la naturaleza patriarcal de los medios sino que además hacer esfuerzos para transformarlos. Sabemos que la tarea no es sencilla pero somos muchas en este camino por lo que es mejor reconocernos, vincularnos y unirnos.

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