No llega a un Premio Oscar

Aunque la cartelera del cine y la televisión está plagada de horrores, muertos vivientes, seres desalmados y entes diabólicos, la realidad sigue superando a la ficción.

El brutal crimen de Margarita Ancacoy, alevosamente asesinada en una calle de Santiago, demuestra que nuestro país podría aspirar nuevamente a un Oscar. Es poco probable, sin embargo, que algún productor chileno se anime a llevar a la pantalla -grande o chica, da lo mismo- una historia sórdida como ésta. Sus protagonistas constituyen un vasto elenco en el cual figuran pobres y ricos, “gente bien” y delincuentes, semi-analfabetos y personas de nivel universitario.

El crimen de Margarita es solo el comienzo de la trama.

El recorrido empieza en el barrio universitario, en calle República, pasa por una Fiscalía y por el Centro de Justicia y llega al penal de Santiago 1. Allí fueron recluidos inicialmente los presuntos autores del crimen. Entonces, lo que era un relato lineal, se convierte en un drama de alcance nacional, una especie de Fuenteovejuna en la era cibernética. Por si fuera poco, cada etapa ha sido oportunamente registrado y exhibido implacablemente ante “la ciudad y al mundo”: la celebración callejera de los imputados en la noche del crimen, su presentación en tribunales y la tortura a la que fueron sometidos en el penal.

Es una completa secuencia de horror. Pero no es todo.

Siguió una terrorífica escena que se puede comparar con el corro de tejedoras que presenciaban y comentaban las ejecuciones durante la Revolución Francesa. Comentaristas de matinales de TV -felizmente pocos, pero prestigiados- se dieron un público festín de cruel falta de humanidad, justificando la tortura y los vejámenes de los imputados.

Es loable que haya habido reacciones inmediatas. Los canales de TV cuyos panelistas aplaudieron esta justicia por mano propia, reiteraron sus líneas editoriales, en especial el rechazo a la apología de la violencia. En un caso, una panelista fue despedida, aunque no está claro si fue o no por este caso.

Lo más contundente, sin embargo, fue la acumulación de denuncias ante el Consejo Nacional de TV, cuya misión es “velar por el correcto funcionamiento de la televisión chilena”. El enunciado, aunque muy genérico, se ha traducido en una política permanente de denuncia de excesos, especialmente cuando se afecta la dignidad de las personas. El salvaje ataque contra los imputados y los aplausos marcó un hito importante de sensibilidad herida.

Pero hubo, también, quienes dieron la razón a los detenidos que consideraron que era su momento de insultar, escupir, golpear e incluso aplicar electricidad a otros seres humano en una versión actualizada de la ley del Talión.

Ni siquiera las imágenes de este castigo, marcaron el final de este siniestro docudrama. El guion se enredó más todavía cuando un sargento de Gendarmería fue detenido, acusado de no impedir la tortura. Como reacción, los gendarmes y otros funcionarios amenazaron con un paro nacional. Finalmente la amenaza se superó mediante una mesa de negociación donde se revisará un conjunto de demandas históricas al tiempo que se decretaba la puesta en libertad del sargento.

Ha sido un insólito final para un espectáculo tan lleno de recovecos y sorpresas.

Hollywood lo rechazaría.

Por Abraham Santibáñez M.

Premio Nacional de Periodismo

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