Premios en la Academia

Muchos temen que la Academia Chilena de la Lengua, con más de 130 años de historia, se haya convertido en un organismo anquilosado y sin destino. La verdad, sin embargo, es que igual que las otras cinco academias que componen el Instituto de Chile, goza de excelente salud.

Si estuviera agonizando, afortunadamente hay vigorosas voces jóvenes que se niegan a darle el certificado de defunción. La última fue la de la periodista Rocío Montes. Galardonada con el Premio Alejandro Silva de la Fuente “por el buen uso del idioma”, su voz sonó fuerte y clara.

“Este, dijo, es un momento difícil para el periodismo en el mundo y en Chile. Los medios se cierran, el trabajo se vuelve precario, las tecnologías ponen a prueba la cultura profesional y se nos demanda creatividad, compromiso y empuje para refundar una industria incierta…Tengo el privilegio de escribir para dos medios (El País de España y el Diario Financiero) que siguen defendiendo el periodismo de calidad, pero los espacios se estrechan. No son buenas noticias considerando que “el periodismo ha servido a la democracia y a la sociedad y sigue siento vital para su sostenimiento”, como recordaba hace poco Soledad Gallego-Díaz, directora del El País.

Somos muchos los que, como Rocío, creemos que ni el periodismo ni la academia corren peligro. La Academia de la Lengua, organismo que se propone “unir por la palabra” (en reemplazo del viejo lema: “limpia, fija y da esplendor”), está dando permanentes señales de su actividad.

Además del premio a Rocío Montes, la Academia de la Lengua procedió el lunes pasado a la entrega de los premios 2018 en sus distintas categorías. Son estos:

Premio Academia (al autor de la obra literaria más sobresaliente publicada en Chile el año anterior a su otorgamiento) al escritor Mauricio Electorat, por su novela Pequeños cementerios bajo la luna. Es una obra que enfrenta el drama del golpe militar, el exilio y los problemas del retorno a la democracia, sin exceso de sentimentalismo ni amargura. No es una novela de tesis, sin embargo: es el retrato de un choque de generaciones y realidades en conflicto.

Premio Alonso de Ercilla (a la persona o institución que ha contribuido al conocimiento y difusión de la literatura chilena), a la revista Anales de Literatura Chilena de la U. Católica.

Premio Oreste Plath (a exponentes destacados de la cultura popular chilena), al Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional.

Cada uno de estos premios reconoce un aspecto relevante de la vida cultural de Chile, lo que es bueno y positivo. Pero mejor todavía fue que el jueves el Instituto de Chile celebró sus 54 años de vida. Y lo hizo de manera original, con una conferencia concierto de Luis Merino, el presidente del Instituto: “Migraciones de música y músicos en el Chile del siglo XIX”, y la presentación del libro “Sobrevivirá la democracia a las redes sociales”, centrado en una conferencia del ex presidente Ricardo Lagos.

Son buenas razones para creer que el organismo, que se creó en 1964, bajo el gobierno de Jorge Alessandri, goza de buena salud. Habría que decir, como Mark Twain, en una famosa carta al New York Journal, en 1897, que “la noticia de mi muerte fue una exageración”.

Por Abraham Santibáñez M

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