Reflexiones sobre un gran periodista

Julio Salviat W.

Hace dos años, vino a Chile desde Barcelona,  el recientemente fallecido periodista Rubén Adrián Valenzuela, en esa ciudad estaba radicado hacía más de treinta años.

En esa oportunidad, aprovechó de presentar un  libro donde recopiló su reportaje “La Cárcel por Dentro”, que fuera publicado , en serie, el año 1981 por el diario La Tercera, los capítulos relataban su experiencia al infiltrarse, como reo, en la cárcel pública de Santiago con una identidad falsa. El éxito de su trabajo se reflejó en  promedios de tirajes de más de 800.000 ejemplares, por publicación, cifra de circulación más alta que ha registrado la prensa nacional.

El 28 de marzo del 2015, en la sala América de la Biblioteca Nacional que estaba abarrotada de público, expectante de conocer el texto impreso, tuvimos ocasión de escuchar emotivos testimonios de ex presos que, sin saber, vivieron la experiencia y  contaron aspectos desconocidos del “cabo Orrego”, gendarme tristemente famoso, que se convirtió, a la luz de estas publicaciones, en villano nacional.

Rubén Adrián Valenzuela, nos deleitó contando detalles del reportaje.

La presentación del libro la hizo nuestro socio Julio Salviat Wetzig, premio Nacional de Periodismo Deportivo.

En esta ocasión, como homenaje póstumo al colega Rubén Adrián Valenzuela,  la hacemos pública gracias a la gentileza de su autor:

Reflexiones sobre un gran periodista

A Rubén Adrián Valenzuela –aquí presente- aún le duele el lumazo que un gendarme le aplicó hace treinta y cinco años solamente para que supiera quién mandaba ahí. Y –como él mismo cuenta- para que tuviera clarito que ése no era un lugar de descanso ni de vacaciones.

A Chile también le duele todavía el espinazo por ese golpe. Y por otro que hubo unos 17 años antes, y que dejó a Rubén Adrián Valenzuela con un glúteo sangrando y con el alma destrozada.

Le dolió al país, porque de cierta manera fue una revelación cruel. Nos decían que esta franja del mundo era un paraíso sano y pujante. Y, a raíz de ese lumazo, un diario adicto a los predicadores de esa buena nueva nos soplaba al oído que había un cáncer terrible y devastador.

Le duele todavía a Chile, porque hay indicios de que una cárcel vista y vivida desde adentro en el 2015, por muy concesionada que esté, no debe de ser tan diferente a las que existían en 1980. Un incendio de terroríficas consecuencias, ocurrido a fines del 2010, reveló que los encargados de custodiar reos se daban licencias como salir del penal y volver con ganas de seguir bebiendo. Y con hartas botellas… En esas condiciones, aunque no se quiera, a más de alguno se le debe contagiar el espíritu maligno del Cabo Orrego.

Cuando Truman Capote escribió su célebre “A Sangre Fría”, en 1966, el periodismo mundial se conmovió. La manera de investigar, de dibujar a los personajes, de desarrollar los diálogos, de relatar los hechos y de expresar un punto de vista ya no podía ser igual a lo que era antes. Con ese libro-testimonio nacía una corriente que se denominó Nuevo Periodismo, cuya vigencia se mantiene hasta el día de hoy reflejado en el Periodismo Interpretativo.

En pocas palabras, se trataba -y se trata- de una investigación periodística exhaustiva basada en hechos reales y llevada al papel con un tono literario.

Al final, parece un cuento. Pero es realidad pura.

Cuando el diario La Tercera terminó de publicar los 14 capítulos de La Cárcel por Dentro, el 10 de enero de 1981, el periodismo chileno ya había entendido que había que cambiar para que todo siguiera igual, como anticipaba Giuseppe Tomassi di Lampedusa en El Gatopardo. Desde ese momento la prensa nacional entendió que había que contar historias, más que informar de hechos.

Una advertencia antes de continuar: las empresas periodísticas no son instituciones de caridad ni ejemplo de buenas prácticas. No son los dramas humanos los que las conmueven, sino el tiraje, la audiencia o el rating, según sea el medio.

Las buenas intenciones de un periodista joven e impulsivo, como era Rubén Adrián Valenzuela, se habrían ahogado si no hubiese aparecido alguien que creía que, con una historia de ese tipo, las ventas iban a aumentar. ¿Alguien cree que, aparte del dueño de la idea, había que denunciar, como un aporte a la sociedad, la forma en que se escapaban los reos de la cárcel pública?… ¿Se consideraría ese reportaje como una buena obra de colaboración a la justicia chilena?… En esas reuniones, lo más probable es que se haya discutido la ganancia económica, más que el mérito periodístico. Y no es un despropósito especular que la última palabra no la dio el director, sino el jefe de circulación. De hecho, como cuenta Rubén Adrián, en el propio equipo periodístico había voces que consideraban que esa aventura no tenía destino.

Por esos días, si alguien creyó que Valenzuela se iba a desanimar, estaba errado. Desde chico, la dificultad fue un aliciente para el autor de la obra que estamos comentando (y de muchas otras).

-¡Qué vai a hablar vos en radio! – le dijeron cuando estaba en el colegio.

Antes de cumplir los 18 años tenía un programa en la radio Magallanes donde elegía música juvenil y daba cuenta de las actividades de las Federaciones de Estudiantes. Alguien descubrió que era el disc-jockey más joven del continente, y ya empezó a tener cierta celebridad.

Entallado hasta bordear la insolencia, quedó chiquitito el día que se encontró con Pablo Neruda, que tenía un programa de media hora (El Disc-jokey de la Poesía), un poco antes que el suyo, que se llamaba El Club del Estudiante. Rubén quedó alucinado. Y casualmente llevaba un disco que pensaba tocar en su programa: versos de Neruda recitados por un español muy cursi que hacía furor en la época: Manolo Otero. Cuando esperaba un palmoteo, se encontró con la mirada iracunda del vate:

-¡No se te ocurra! – le ordenó.

Y le explicó las razones por las que no quería escucharlo y por las que le molestaría que otros la escucharan. Palabras inolvidables:

-La poesía tiene silencios… ¿Sabrá de silencios ese hombre?

Pero a Neruda le gustó la actitud del muchacho.

-¿Vas a estudiar algo o te vas a llevar toda la vida poniendo discos? –le preguntó.

-Artes escénicas –respondió Rubén.

Y el gran poeta le abrió los ojos:

-Estudia Periodismo, muchacho. En esa profesión puedes hacer mucho bien guiando, educando, enseñando…

Para él fue como una orden. Recordó que ya tenía cierto oficio: en el colegio era el encargado del diario mural. Pocos meses después se estaba inscribiendo en la Universidad del Norte, porque el puntaje en la Prueba de Aptitud Académica (sucesora del Bachillerato y precursora de la PSU) no le alcanzaba para una casa de estudios superiores santiaguina.

¿Dificultades allá?: ¡Todas!

Por lo tanto, más alicientes.

Terreno desconocido, plata escasa.

¿Qué hizo?

Vendió limones en el mercado.

Le ofrecieron hacer negocio con productos importados que llegaban a Arica, que era puerto libre y se prestaba para el matute, y para allá partió con la esperanza de ganar unos pesos. Poco antes de un control aduanero le avisaron:

-Los pacos están bravos, cabro. Trata de eludir la barrera.

Se bajó y se internó en el desierto. En el pecho y en la espalda se puso hojas de diario debajo de la chomba, pero no fue suficiente para ganarle al frío de esa noche. Se perdió y en la mañana, entumecido, logró dar con un puñado de casas.

Cuando un poblador nortino le brindó hospitalidad y una taza de té, dio tal vez su primera gran muestra de que podía acomodarse atodo, como lo haría después en las difíciles circunstancias de la cárcel: de una caja, su anfitrión sacó un pan seco. Y cuando estaba por darle el primer mordisco, un movimiento en el cajón le hizo desviar la vista hacia allá: ¡estaba lleno de ratones!

Como no podía defraudar al generoso dueño de casa, se lo comió igual. Ni siquiera lo tranquilizó el hecho de que le dijeran que los ratones eran sanitos, “porque en el desierto no hay infecciones”.

Mientras estudiaba, trabajó en El Mercurio de Antofagasta, y varias veces lo enviaron en comisión de servicio a La Estrella del Norte, en Iquique, uno de los tantos diarios regionales de la empresa de los Edwards.

Inexperto todavía, se defendía con empeño e ingenio. Y seguía al pie de la letra consejos que le había dado Ramón Cortés, uno de los grandes periodistas que ha producido este país y que era su profesor en la universidad: si tienes más de un frente por cubrir, tienes que llegar con más de una noticia al diario. Y él le daban siete frentes. Tenía que averiguar actividades portuarias, escolares, bomberiles, de la Cruz Roja, de Aduanas, en fin… Y nunca llegó con menos de siete noticias.

Allí conoció también a un militar que después se le atravesaría a él y a buena parte del país: Augusto Pinochet.

Había en él –y se mantiene- un espíritu periodístico que caracterizó a su generación y que hoy se echa de menos.

Puedo decirlo con propiedad, porque soy un poco mayor que él y porque vivimos la vida y el periodismo en la misma época. Y no me da vergüenza proclamarlo: el periodismo de entonces era mejor que el de ahora.

Al periodismo actual le falta sangre. Sangre en las venas, no en los titulares ni en los noticiarios, porque ahí sobra. Son muy escasos los reportajes televisados o escritos en los que haya una cuota de riesgo. ¿Y el de Emilio Sutherland, en En Su Propia Trampa?, podrá preguntar alguien… Si alguien quisiera pegarle a ese periodista se encontraría con cuatro o cinco guardias que vigilan discreta y permanentemente los pasos de Sutherland en ese programa…

Puede que cometa una injusticia, pero me atrevo a decir que la última gran excepción individual fue Alejandra Matus, que incluso que tuvo que arrancar del país después de escribir El Libro Negro de la Justicia Chilena. Los jueces la querían matar por contar tantas verdades…Hoy, yo diría que sólo Ciper Chile, que es un sitio virtual, se atreve a desafiar los muros establecidos por la desidia periodística. Y otro medio que se está acercando mucho a esos niveles de buen periodismo es El Mostrador, también sitio virtual.

Rubén se atrevió a correr riesgos.

Se habían producido muchos escapes desde la cárcel en aquellos días, y sospechó que había concomitancia entre los gendarmes y los reos que se fugaban. Así partió su aventura. El buscaba el porqué de esas fugas, y terminó encontrando otros aspectos, tanto o más dolosos que la vista desviada para que los reos escaparan.

Valenzuela encontró un infierno con barrotes, con personajes sádicos y abusadores que enardecieron a los lectores de la época.

Permítanme un autoreferencia: yo trabajaba en las Últimas Noticias en esos días. Era el diario de competencia directa con La Tercera. Ninguno invadía campos que le pertenecían a El Mercurio, que estaba más arriba, y los dos procuraban ganarse al público de clase media y popular. Ambos buscaban temas de alto interés para ganar en las ventas. La Tercera tenía una sección que atraía a mucha gente: “Ayúdeme usted, compadre”, se llamaba. Y LUN replicaba con una de objetivos muy similares y que también le brindaba enorme popularidad: “Voz y voto”.

Se inquietaron las autoridades de Las Últimas, y trataron de encontrar reportajes vivenciales tan espectaculares como ese. Nunca lo consiguieron.

Y siguiendo la autoreferencia: alcancé a leer hasta el tercer capítulo, porque me enviaron a Montevideo a cubrir el Mundialito, un campeonato en que participaban las mejores selecciones de fútbol del momento. Y mi jefe me retó harto cuando envié mi primer despacho y le pedí que me contara qué había pasado ese día en La Cárcel por Dentro. A la vuelta me lo devoré, en todo caso.

Muy propio de periodistas de esa y otras épocas anteriores, Rubén había llegado a este oficio –algunos le llaman profesión y otros, más presuntuosos, hablan de ciencia de las comunicaciones-, por vocación. Este impulso se había manifestado en el Liceo y se le fue acrecentando a medida que encontraba maestros: Ramón Cortés y Andrés Sabella en la universidad; José Gómez López, tanto o más talentoso que el famosísimo y querido Mario Gómez López, que lo acogió en el diario más popular de la época, el Puro Chile; Alejandro, el Pelao Arellano”, en radio Portales.

A su alrededor se movían eminencias: por la derecha, Raúl González Alfaro, Rafael Otero, José María Navasal…; por el centro, Guillermo Trejos, Roberto Álvarez Miravalles, Edwin Harrington; por la izquierda, Orlando Millas, José Miguel Varas, Guillermo Ravest, Luis Enrique Délano, Alberto “el Gato” Gamboa, Eugenio Lira Massi, Augusto Olivares…. De distintas tendencias, queridos u odiados, tenían tinta en las venas para descubrir los temas que interesan y para escribirlos con buen estilo.

A Buenos Aires tuvo que arrancar Rubén cuando le curaron la herida que le dejó una bala militar en la nalga y pudo caminar. Se fue a pie por el túnel del Cristo Redentor y volvió en avión. Entre medio se hizo amigo del general Prats y algunas informaciones que él le confidenció le sirvieron para su trabajo como corresponsal de la radio Portales. Entre ellas, una exclusiva mundial: informó que Juan Domingo Perón había muerto, pero que la noticia estaba guardada como secreto de Estado y sólo se revelaría días después. Acá no querían creerle y no se atrevían a informar. Rubén los convenció de que la fuente era fiable. Y el tiempo confirmó que era verdad.

Entre otros méritos, este hombre fue el primer periodista que se atrevió a liderar un programa político en los tiempos duros de Pinochet, cuando la política estaba proscrita por decreto, como si no existiera. Los Tripulantes del Sonido se llamaba el programa, que muy pronto alcanzó enorme audiencia. Empezaba a las 9 y media de la noche, y terminaba después del toque de queda. Hasta entonces, la única voz disidente en las comunicaciones era Radio Moscú, que era escuchada muy clandestinamente por los interesados en saber algo de lo que ocurría debajo del manto oficial de noticias.

Ahí se escucharon testimonios notables de gente que tenía cosas que decir, como Monseñor Carlos Camus, férreo defensor de los derechos humanos y tal vez el primero en denunciar las atrocidades de Colonia Dignidad. Y ahí también se escucharon testimonios ridículos como el que expresó Federico Willoughby, el primer civil que estuvo junto a Pinochet el día del Golpe, que fue quien leyó los primeros bandos del 11 de septiembre y que en su programa lanzó una frase para la historia: “El hambre –dijo para contrarrestar las protestas que comenzaban en el país- es un estado mental”. Rubén tuvo que contenerse para no echarlo a patadas del locutorio. No habría podido, además, porque Willoughby estaba acompañado de una guardia militar de seis hombres armados con metralletas.

En esas cosas andaba este caballero antes de meterse en la cárcel para saber cómo se fugaban los reos.

Y todas esas cosas le ayudaron para cumplir esa tarea y para darle forma a este magnífico libro con las crónicas que conmovieron al país hace poco más de 35 años.

 

 

 

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