Santos y pecadores

Un personaje inolvidable, Papelucho, surgió de la pluma de Marcela Paz inspirado en un sobrino travieso y querible. Convertido en sacerdote y nombrado obispo más tarde, ese sobrino fue denunciado como abusador y pedófilo. Su castigo inicial fue alejarlo de la grey católica y condenarlo a un tranquilo retiro en Alemania. Ahora el Papa Francisco -con nueva información y en tiempos menos contemplativos- ha procedido a despojar de su investidura a Francisco José Cox. Es factible, incluso-, que deba enfrentar a los tribunales de justicia aquí en Chile.

Lo mismo hizo el Papa, muy poco antes, con otro sacerdote, Cristián Precht, quien nunca llegó a ser obispo pese a sus muchos méritos como Vicario de la Solidaridad durante la dictadura.
No es fácil para un creyente, aceptar estas situaciones. No es consuelo el refrán español que asegura que “Dios escribe derecho sobre líneas torcidas”. La solución requiere un profundo proceso, como el que parece haber iniciado el Papa.

Lo primero es limpiar la casa. Pero ello es solo el comienzo. Una responsabilidad fundamental recae en las autoridades religiosas, pero también en los laicos que siguieron con entusiasmo y sin crítica a los pastores descarriados. ¿Se investigará alguna vez a los cómplices pasivos?
En un comentario dado a conocer como carta al Director de El Mercurio, el sacerdote Enrique Opaso señaló que el camino que sigue Roma es lento, pero seguro:

“Esta Iglesia, escribió, no es la que soñamos y la que nos cautivó para entrar al seminario. Hoy está descompuesta, enferma, pero en tratamiento, y aunque sea con “gotitas” se va a recuperar. Uno quisiera una terapia de shock, rápida, “al tiro”, como decimos”.

La paradoja -y no es la única en este caso- es que el sacerdote Opaso, cuando estaba cargo de la parroquia de Reñaca, promocionaba con entusiasmo la veneración de san Expedito, el patrono de las soluciones express: “Rapidito, rapidito” dice la popular invocación del santo.
Más que soluciones urgentes, el Papa Francisco se ha tomado su tiempo para resolver las crisis acumuladas. En el caso chileno todavía hay un buen número de obispos renunciados, cuyo futuro aún no se conoce. Más que apoyarse solo en la mano dura, el Pontífice ha preferido en el último tiempo, iluminar el camino de los ejemplos positivos.

El pasado 14 de octubre, en el marco del Sínodo de los Jóvenes que se realizó en Roma, el Papa canonizó a siete beatos, entre ellos el Papa Pablo VI y monseñor Oscar Arnulfo Romero.
El conjunto de todos estos santos, incluyendo a Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús, la primera santa de Bolivia, muestra el lado más hermoso de la fe católica. Frente a la proliferación de pecadores de alta jerarquía, se destaca un grupo de cristianos ejemplares. Pablo VI, sucesor en Roma de san Juan XXIII, fue un intelectual de alto vuelo, que se esforzó, sin lograrlo del todo, por enfrentar los desafíos de la Iglesia Católica en el mundo contemporáneo. El obispo Romero, asesinado en la catedral de San Salvador mientras oficiaba misa es un mártir de la causa de los pobres y los perseguidos.

Por lo que sabemos, todos ellos fueron consecuentes con los principios que proclamaban. Se han convertido en ejemplos en tiempos de revelaciones incómodas aunque no tengan el encanto de Papelucho.

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