Vivir lo soñado: Crónica ganadora del concurso “Escribiendo tu historia”

A la vez, es el texto principal del libro del mismo nombre, lanzado por nuestra organización para el Día de la Prensa.

 

En agosto de 2017, el Círculo de Periodistas de Santiago celebró 110 años de de existencia. Para la ocasión nuestra organización convocó a un concurso denominado “Escribiendo tu historia”, que buscó recopilar las mejores crónicas autobiográficas de los socios. Fueron decenas los participantes, pero sólo un ganador: Luis Arancibia, periodista chileno radicado en España desde 1974. 

En el país europeo, Arancibia forjó su carrera principalmente en radio, aunque la pasión por escribir siempre estuvo presente. En junio del año pasado decidió sentarse a redactar el texto que enviaría al concurso. En la tranquilidad de su casa escribió “Vivir lo soñado”, en donde relata su experiencia como un joven sureño que emigró a Santiago a estudiar periodismo, para posteriormente llegar a trabajar a la España que comenzaba a liberarse de la Dictadura de Francisco Franco.

Es el texto principal del libro “Escribiendo tu historia”- que recopila las crónicas participantes del concurso-, lanzado por el Círculo de Periodistas el pasado 13 de febrero, con motivo de la celebración del Día de la Prensa.

Aquí te dejamos la crónica completa:

 

 

VIVIR LO SOÑADO

 

 

(*En la foto, Luis Arancibia recibiendo el máximo premio del concurso “Escribiendo tu historia”. Agosto, 2017). 

 

Luis Arancibia Urzùa

 

Allí estaba yo. Con 18 años,  flacucho, pálido, tembloroso, muerto de miedo, al borde de las lágrimas,  con mi maleta de cartón forrada con una tela café para disimular su precariedad.

Me despedía de la ciudad en la que nací, crecí y estudié y, lo que era difícil aceptar,    abandonaba a  mis  padres y hermanos. Perdía de vista a mis  amigos  de aventuras y también de desventuras, aunque guardaba la esperanza de reencontrarme con ellos algún día ( como  ocurrió años más tarde , nada menos que  en la puerta del Sol de Madrid, con uno de mis grandes compinches) .

El tren ordinario a punto de partir hacia Santiago y mi madre, sin poder contener la emoción, balbuceaba con un hilo de voz: “cuídese niño y no olvide que aquí está su casa “. Me abrazó, dio media vuelta cogida del brazo de mi hermana mayor y  sin mirar atrás  caminó lentamente hacia la  puerta de salida  de la estación.

Subí al último vagón con un nudo en la garganta,  arrastrando mi pesada maleta por el pasillo y con mucho cuidado para no sacrificar alguna gallina de corral  que un pasajero llevaba en  un saco de papa, bajo los asientos de madera.

Así  era la tercera  clase.

Un  hombre de mediana edad,  que dijo  ser amigo de todas las chiquillas de las casas de remolienda de Constitución, desenfundó una guitarra y  animó el viaje  con un variado repertorio de boleros, corridos mexicanos, tangos y cuecas. Entre pausas,  para tomar aliento,  sacaba de una bolsa el cocaví que le habían regalado  “las niñas”, según dijo, y  que consistía en  sándwiches de gallina,  queso de Chanco, pernil de chancho, huevos duros, plátanos e higos. Nos animó a compartir tan apetecible  vianda.  Las cervezas, maltas, Bilz y Pap corrían a cargo de cada consumidor.

El viaje  duró  seis horas y media. Las paradas  en cada estación se hacían interminables. Fue un largo, intenso e inolvidable comienzo para un  joven provinciano que se trasladaba a la capital para empezar la carrera de periodismo en  la Universidad de Chile.

En la estación Central,  ya medianoche y con poco dinero,  tuve que rogar al chofer de la liebre Santa Julia – Pajaritos para que me permitiera subir con mi  maleta.  Con mala cara y después de mirarme de arriba abajo  cedió a mi petición. Bajé en avenida Grecia con Pedro de Valdivia y  caminé lo más de prisa que pude  los 300 metros que distaban del paradero al edificio en  el que vivían mis tíos, los que me abrieron la puerta  sorprendidos  por haber llegado tan tarde.

“Santiago  es muy peligrosa de noche”, me advirtieron.

Cuatro años en la Escuela de Periodismo me dieron las herramientas básicas para comerme el mundo,  pensaba,  como  mi admirado  Tito Mundt. O Hernández Párker o Adolfo Yankelevich, Erika Vexler y sus crónicas que leía en la revista Ercilla me parecían lo máximo  y para qué decir María Romero o Marina de Navasal, las reinas de ECRAN.  Qué suerte  la de ellas  ¡Conocer  a  las estrellas de Hollywood,   de México , Argentina y España ¡

Sólo con pensar que podría estar cerca de ellos y trabajar de igual a igual  me ponía como un flan.

Pronto comprobé que encontrar sitio  en la redacción de un diario, revista o radio  sería una tarea casi titánica. La televisión entonces  empezaba.

Cuando supe lo que se  podía ganar  me pareció una fortuna. No tardé en constatar que con el sueldo de un periodista a duras penas llegaba a fin de mes. No entendía  como se las arreglaban algunos para comprar un auto o una casa. O viajar, como Tito Mundt.

El orientador profesional del liceo me lo había advertido. “Si piensas ser periodista, que sepas que es una profesión mal pagada y muy desprestigiada”. Yo hice oídos sordos.

¡Ahí te quedas, profesor Salazar ¡ Yo, a lo mío.

Mi  primera revelación como egresado fue comprobar que mi teoría no encajaba en el día a día del periodismo a la chilena.

Un “golpe” informativo no se enseña en los libros. Hay que sufrir un nocaut en carne propia  para sentir lo que es ser humillado por un compañero que tenía  una exclusiva y que se la guardó como oro en paño sin dar una señal.

Los viejos caza -noticias, aquellos que con cuatro gotas de lluvia hacían una inundación de proporciones, eran  campeones para golpear  con exclusivas, que ahora pienso no eran para tanto. Ellos, amigos por años  de secretarias herméticas, severas y con apariencia de monjas de clausura, tenían el campo abonado para saber antes que nadie noticias que se cocinaban en los despachos o en los pasillos de los Ministerios.

La veteranía es un grado, dicen.

Obligado a superar los miedos propios de un provinciano que  soñaba con ser periodista para conocer gente importante y viajar  por el mundo, como hacía ese mito de mi juventud  que un día cayó desde un balcón al asfalto, tuve que poner los pies en la tierra y dejar de soñar.

Manola Robles, compañera de universidad y talentosa desde sus años de adolescencia, me llamó para  decirme que debía presentarme “ahora mismo” en radio Chilena, en  calle Philips, frente a la plaza de Armas. Sin añadir nada más,  colgó.

Pregunté por el jefe de informativos. Mauricio Montaldo.  Un periodista aún en la treintena, formado en Concepción, con ojo clínico para encontrar la esencia y la sustancia de un hecho o de un personaje. Directo al grano.

Me preguntó por mi experiencia radiofónica. Con la audacia  propia de un novato  respondí que había trabajado unos meses en una radio de Calama y también en Radio La Discusión de Chillán. La verdad es que había estado en ambas emisoras durante los trabajos de verano universitarios y había hecho notas sobre las actividades que realizaban los estudiantes. Trabajar,  lo que se dice trabajar, era una mentira que me inventé en el momento.

Para comprobar  mi  “experiencia”, Montaldo señaló a un joven que limpiaba unas máquinas de escribir y ordenó: “Hazle una entrevista. Acaba de ganar un título sudamericano de boxeo. Redacta  una nota  con dos cortes de grabación y  la dejas encima de mi mesa. La nota no debe pasar de un minuto y medio”.

Debo reconocer que nunca había hecho una entrevista, que de boxeo conocía algunos nombres ilustres y, lo peor, no tenía idea como poner una cinta en una grabadora.

Hice lo que Montaldo me mandó con más empeño que conocimiento  y, lo grave, la catástrofe, ocurrió al  final. El  joven  pugilista  paró en seco la conversación y  con su dedo índice apuntó a la grabadora. La cinta se había convertido en un revoltijo a modo de spagettis.

Mi entrevistado  se puso manos a la obra y, una vez superado el desastre,  tuve que empezar de cero.

Hice los cortes que me parecieron los más “golpeadores”, redacté la nota con las indicaciones de cuñas correspondientes y abochornado  desaparecí de escena.

El  experto en máquinas de escribir y boxeador con gran futuro-acabó de entrenador y propietario de un afamado gimnasio,  en Los Ángeles, California – salvó mi honor.

Al llegar a casa mi tía me recibió con gran alegría. ¡Me habían nombrado en la radio por una crónica de un boxeador!

Y así  tuve mi primer trabajo. El que me daría alas para ser reportero. Primero en  Santiago y después en Madrid.

Radio Chilena, con pocos medios técnicos, sin unidades móviles, fue durante un tiempo la emisora más importante de Santiago. Pertenecía a la Iglesia Católica pero  jamás vimos una sotana en los pasillos ni en las redacciones y nunca recibimos una llamada de advertencia o una sugerencia  sobre nuestro trabajo.

Recuerdo un hecho que lo corrobora.

En unos incidentes registrados en Puente Alto, un estudiante falleció por los disparos de una patrulla de Carabineros. El hecho tuvo gran repercusión mediática. La madre del joven golpeó puertas para que se hiciera justicia.  Cansada de exigir que la escucharan llegó una mañana a La Moneda para ser recibida por alguna autoridad. No fue posible.

Un compañero que trabajaba para Radio Magallanes y del que no recuerdo su nombre  me avisó que por la puerta de acceso al Ministerio del Interior  subía el director general de Carabineros, Vicente Huerta. Corrimos tras él y lo alcanzamos antes de entrar al despacho del entonces  subsecretario, Patricio Achurra.

Le dijimos que  la madre del estudiante muerto en los incidentes de Puente  Alto se encontraba allí para pedir justicia.

Con expresión de malestar, el general Huerta respondió :” No hagan caso a una mujer que está loca “.  En segundos se percató que le  habíamos grabado y en tono amenazante añadió que  “por ningún motivo “  difundiéramos sus palabras o de lo contrario tomaría medidas contra nosotros.

Llegué a la sede de la emisora minutos antes que comenzara la edición de tarde de PANORAMA  e  informé de  lo ocurrido a Mauricio Montaldo .  Escuchó la grabación y decidió  abrir el programa con esa noticia .

Al día siguiente, el gerente de Radio Chilena, Enrique Menchaca,  me citó a su oficina y me entregó una nota  del  general  Huerta  dirigida al cardenal Raúl Silva Henríquez y en la que se  quejaba por  la difusión de sus declaraciones. Aseguraba haber  recibido “un trato vejatorio “y exigía   que se tomaran  represalias  contra él o los responsables  “de  esa difamación  a su  persona y a la institución policial que representaba “.

Una vez leí la nota,  Menchaca me extendió otra. Era la respuesta del cardenal  Silva Henríquez al general Huerta, al que algunos medios apodaban  “el reyecito”.

El máximo representante de la Iglesia católica  expresaba  su firme apoyo a los profesionales de Radio Chilena, a la labor que desempeñábamos, y remataba la carta con una contundente defensa de  la libertad de expresión y de opinión.

Lo que aprendí como reportero de Radio Chilena fue una lección  de profesionalidad, de apego a la ética , que no olvidé durante  casi 50 años de periodismo activo.

En marzo de 1974, por razones que nunca me ha interesado investigar, salí de Chile con destino a España  con un expediente en el que se me prohibía ejercer la profesión  “ por  tener  contactos con la izquierda”. Yo también conocía gente de derechas pero, al parecer, los que entonces decidían la suerte de los periodistas no le asignaron  ninguna importancia a ese hecho.

La competitividad  que me obligó a patear Santiago por una noticia, por un “golpe informativo”,  sirvió para labrarme una carrera en el medio más importante de España, el país que elegí para vivir, RTVE ( Radio -Televisión Española).

Cuando la democracia hizo acto de presencia tras 40 años de franquismo, yo  conocía lo que era indagar e informar sin censura. Mis colegas españoles debieron ponerse al día.

Ejercer el periodismo lejos de Chile me ha permitido “conocer mundo” y viajar ligero de equipaje, una de las recomendaciones de Tito Mundt.

He asistido varias veces al  Festival de Cine de San Sebastián y  creo haber visto  en  uno de los salones del hotel María Cristina  a la legendaria María Romero mirar embelesada a un galán de Hollywood  y a Marina de Navasal tomar nota con minuciosidad  del paseo por la alfombra roja  de  las estrellas  protagonistas de una película  por  estrenar: VIVIR LO SOÑADO.

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