El viaje insólito

16
Sep

Enrique Ramírez Capello

Estoy semienclaustrado. Con poltrona en una silla de ruedas o recostado en una cama. La crueldad del frío invierno me castiga.

No puedo caminar.

La negligente torpeza de un médico me dejó tetraparésico.

Incorrección: no supo hacer una sencilla infiltración por mis intensos dolores de espalda. Se le pasó la aguja y me pinchó la médula. Mis piernas no se mueven. Mis manos están atrofiadas.

Escribo estas columnas asido con un velcro a mis dedos. Las dicto a las profesionales que me cuidan.

La promesa del doctor de aliviar todo en 20 minutos se ha convertido en 8 años y medio de capacidad limitada.

No tengo la audacia de vencer las distancias.

Recientemente, Soledad, mi hija, me propuso hacer un viaje insólito en este duro período y en esta difícil condición.

Su afán: transportarme en el metro.

Parece fácil. 

No para mí. Es mi primera salida en este tiempo.

Desde el entorno del barrio Bellavista y del edificio de canal 13 hasta la Quinta Normal.

Renuncié a las aprensiones y me decidí a aceptar la imperativa sugerencia. Mi hija y Karen, técnica en enfermería, me llevaron en silla de ruedas corriente. Partimos hacia el metro Salvador, a dos cuadras de mi residencia.

Problema inaugural: el ascensor -¿o descensor?- estaba malo ese fin de semana y los técnicos no trabajaban. ¡Inaudito! 

Tuvimos que cambiar de andén y subir hasta la estación Manuel Montt. Paradójicamente pasamos de nuevo por Salvador.

Ojo, autoridades de este servicio público. Preocúpense de las personas con capacidades restringidas.

A mediodía de sábado los carros no iban tan llenos. Entramos casi sin dificultades. Los pasajeros estaban absortos en sus celulares. Niños y adultos me miraban con asombro y cierta solidaridad.

Me torné nostálgico en el recorrido. Observaba el tránsito por las estaciones.

Llegamos a la Quinta Normal. Muchos ascensores.

Arriba, volantines y globos policolores, payasos y títeres. Y una feria del libro con la prohibición de que me tentara en alguna compra. Pero adquirí una de Pablo de Rokha, archirrival de mi admirado Neruda, el más grande. ¡Perdóname! 

Pronto fuimos al Museo de Historia Natural. Recorrido de 80 minutos. Muestra interesante por Chile y el mundo. Sorprendente.

Niños que se fotografiaban frente a las vitrinas. En ellas, cóndores y huemules, como en el escudo nacional. 

Dudas: ¿Son recreaciones? Una amable funcionaria nos aclaró que se aplica taxidermia: se conserva la piel o las plumas y se rellena. No solo animales de esta tierra. Además gorilas, orangutanes y canguros, entre otros.

La más atractiva: un gigantesco esqueleto de ballena captado por las máquinas fotográficas. ¡Impresionante!

La entrada al museo es gratuita.

Exhibición de episodios históricos de Chile, clara y sintética documentación.

El afán de la visita estaba cumplido. Al salir, la contaminación acústica por los gritos repetitivos de los vendedores. Uno ofrecía empanadas calientes. Una ironía porque estaban a pleno sol, no en horno o microondas.

Regresamos de nuevo en metro.

Fue un viaje insólito.

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