La ciudadanía cultural como derecho constitucional

28
Ene

Por María Eugenia Meza B.

En plena discusión de los nombres de los y las postulantes a la Comisión Constituyente, faltan –a mi juicio- propuestas que distingan a los pre-candidatos/as, sobre todo en áreas tan poco discutidas por la ciudadanía, como lo es la cultura.

Pienso que, como parte del proceso de mercantilización que ha vivido nuestra sociedad, la noción de cultura ha quedado reducida al concepto de ‘productos culturales en oferta’ y en la capacidad de ‘consumo’ que la gente pueda hacer de ellos. Es decir, una concepción estática, que ve a las personas como recipientes de algo que se les da, previo pago, o gratuitamente.

Años atrás, en cambio, y no demasiados, había otros ámbitos tomados en cuenta al hablar de este tema. A mi modo de ver las cosas, el principal de ellos habla de participación. En la gestión del acceso a los bienes culturales y, sobre todo, en la producción de ellos. Cultura no es sinónimo de obras de arte. Las obras de arte son parte de la cultura, pero no lo son todo. Tan importante como ellas es la posibilidad de las personas no artistas de crear. De transformar la materia en una manifestación de su psiquis o su espíritu o alma, como quieran llamarle.  Hacer crecer esa capacidad de creación de las personas es un derecho que debía estar en la Constitución. Para que desde la educación artística en adelante, lo que se protegiera fuese la posibilidad de crear, la felicidad de hacerlo, no importando los resultados.

El otro lado de la participación es la gestión. Incluso los ahora tan vilipendiados “fondos” estatales de apoyo alcanzaron a tener otro sentido: el incentivar a la ciudadanía a organizarse para tener acceso a estos bienes, desarrollar estrategias de difusión y de formas de incentivar el acercamiento y producción de ellos. Hubo un tiempo, más lejano, en que las Casas de la Cultura municipales disponían de talleres para esto y en que, por poner un solo ejemplo, el movimiento de teatro aficionado llegó a tener una organización que abarcaba todo el territorio nacional.

Hace rato me ronda en la cabeza una idea que, a fines de los años 90, y desde su cargo como director de la División de Cultura del Ministerio de Educación (antecedente del Consejo y del Ministerio), hizo realidad Claudio di Girólamo. Se trata del concepto de Ciudadanía Cultural, que él y su equipo materializaron mediante la realización de Cabildos Culturales en los territorios: desde las comunas, hasta uno nacional. Salió de ese proceso, en el 2000, un documento de 10 puntos, llamado Carta de la Ciudadanía Cultural que, en lo principal, aspiraba a democratizar la cultura y a que quienes vivimos en este país fuésemos protagonistas de ella y no meros ‘degustadores’.

Curiosamente, esa carta no está disponible en Internet… Pero sí lo está el documento con la presentación que de estas ideas hizo en la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Culturales, realizada en 1998, en Estocolmo.

En él, DiGirólamo decía que el “desafío cultural fundamental será el de sustituir la gramática mercantil por una más humanizante, que impida que el ciudadano sea reemplazado por el mero consumidor pasivo y que permita considerar a todo individuo como miembro de la sociedad, un sujeto que es término de referencia de toda relación social; es decir, una persona”.

Ya entonces él hablaba de la cultura como un factor imprescindible en aquello que hoy reclamamos: la dignidad. Decía: “La ciudadanía cultural debe tender a recuperar la igualdad en dignidad y el respeto a la diversidad”. Y agregaba: “Intentamos instaurar la solidaridad de la convivencia como un proceso al cual se accede por el solo hecho de ser ciudadano. La cultura, que durante siglos se ha entendido como un elemento agregado a las relaciones sociales, tiene que volver a ser parte esencial de la dignidad del sujeto”.

Sería del todo interesante que quienes resultaran electos leyeran este documento, para que nuestra nueva carta fundamental también pudiera incluir estos aspectos de la vida humana y ciudadana. Para que la cultura dejara de ser la “quinta rueda”, esa que podemos llevar o no en el maletero, por si acaso.

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